Teoría Política : Democracia vertical, democracia horizontal y democracia digital.

Enviado por CIUDAD POLITICA el 31/10/2002 3:50:00 (10741 Lecturas) Artículos del mismo redactor

Por Gianfranco PASQUINO*
Como ideología, la democracia ha ganado su mayor batalla secular contra los autoritarismos y contra los totalitarismos. Por ello, la mayor parte de los restantes líderes y regímenes autoritarios están forzados a pagar un hipócrita homenaje verbal a la democracia definiendo sus propios regímenes como formas democráticas: democracias guiadas, democracias populares, democracias populistas, entre otras; o sugiriendo que tienen la intención de conducir sus propios países y ciudadanos hacia democracias más verdaderas y completas de las democracias clásicas, frecuentemente individualizadas en las democracias anglosajonas -Gran Bretaña y los Estados Unidos-, y habitualmente definidas como capitalistas...

Al mismo tiempo y despertando nuestra curiosidad, todos los opositores de los regímenes autoritarios lo hacen en nombre de los sacros principios de las democracias occidentales, del lenguaje de los derechos, del respeto de la oposición. Continúan, como adversarios irreducibles de los regímenes democráticos, en la práctica y en la ideología, sólo los regímenes fundamentalistas. Su propia fuerza reside en el hecho que parecen ofrecer no sólo la salvación terrena gracias al sentido de comunidad, sino también la salvación extraterrena al sostener que la obediencia a sus propios regímenes y a sus propios mandatos, en sustancia a ellos mismos, proporcionará una vida futura que es la que verdaderamente cuenta. A este desafío, en un cierto sentido desconcertante porque ni los autoritarismos, -muchos de los cuales sostenidos por las respectivas Iglesias Católicas-, ni los totalitarismos, han pretendido jamás garantizar la salvación eterna; éstos últimos al máximo, aunque ya era demasiado, querían crear el hombre nuevo, las democracias deberían saber responder de dos formas: construyendo sentidos de identidad colectiva y mejorando su propia calidad. En ambos casos, con el objetivo de comprender con profundidad las oportunidades disponibles, resulta útil comenzar desde los clásicos para alcanzar, explorar, criticar, y perfeccionar las propuestas actuales.


Democracia vertical

Incluso siendo diversamente criticada, aunque con frecuencia de manera superficial, la teoría de la democracia de Schumpeter continua estando en el corazón de cualquier discurso sobre la democracia presente y futura. De hecho, cómo se puede negar que uno de los principios fundamentales de la democracia como la conocemos esté constituido por la posibilidad de los ciudadanos de elegir directamente su propio gobierno entre equipos alternativos de candidatos?. Técnicamente, no cabe duda, que ésta democracia, conocida como democracia competitiva, es en efecto una democracia vertical: el poder va desde los ciudadanos hacia arriba; asignando los electores a las personas que conforman los equipos el poder de gobernar. Contrariamente a lo que muchos de los críticos superficiales sostienen, el proceso democrático que Schumpeter individua y delinea no se detiene en la elección directa de los gobernantes. Su concepción de la democracia permanece sólida y continuamente competitiva.

De hecho, por una parte, los gobernantes habrán hecho las promesas a los electores para convencerlos de votar por ellos y, en consecuencia, una vez conquistado el poder de gobernar es probable que los propios gobernantes busquen realizar, en la medida de lo posible, la mayor cantidad de las promesas programáticas. Lo harán, no porque son gobernantes “buenos”, sino porque son, como deberían ser los “políticos”, ambiciosos, y particularmente interesados en su propia reelección. Cuanto mejor se comporten tanto más elevadas serán las probabilidades de su reelección. Además, para cada uno de ellos el objetivo no estará constituido solo por la reelección. La propia ambición se extenderá, y podría ser muy positivo, hasta la posibilidad de entrar en la historia por haber concretamente actuado por el bien del país. Por otra parte, buena parte de los electores recordarán las promesas de los gobernantes y también aquellas de los opositores. En consecuencia, evaluarán tanto a unos como a los otros por su coherencia político- programática y por su propia capacidad decisional y representativa.
Naturalmente, ninguno puede ser tan ingenuo para pensar que todos los electores saben todo sobre aquello que los gobernantes y los opositores hacen o dejan de hacer, sobre su propia capacidad técnica, o sus habilidades integrales. Por otra parte, muchos electores pueden haber elegido a los gobernantes o los opositores no sólo sobre bases prográmaticas sino también sobre bases personalistas, porque les agradaban, o bien sobre bases “afectivas”, porque eran los gobernantes que su padre votaba, que sus amigos prefieren, que sus compañeros de trabajo estiman. Son todas motivaciones legítimas porque el voto es también un modo de expresar la propia historia y la propia memoria, la identidad, la pertenencia cultural y comunitaria, los afectos. La política da sentido al comportamiento electoral en la misma proporción que el comportamiento electoral guía la política. Pero, aquellos que en verdad cuentan, en el sentido que producen cambios, son los electores que cambian su voto. No son “mejores” electores pero son electores que consideran, equivocados o con razón, estar suficientemente informados y suficientemente capacitados para evaluar las realizaciones y el rendimiento de los gobernantes y de la oposición. El cinco, el diez por ciento de los electores de todas las democracias que conocemos deciden la victoria o la derrota. Son los electores que tienen opiniones y las hacen valer. Son aquellas fracciones del electorado cuyas preferencias, exigencias, motivaciones que tanto los gobernantes como los opositores se esfuerzan por conocer durante su mandato porque pueden ser decisivas.
En consecuencia, la democracia schumpeteriana no se agota, de ninguna manera, con la simple elección de un gobierno ya que tanto éste como la oposición buscarán mantener, interceder y mejorar sus propias relaciones, por lo menos, con aquella fracción decisiva de electores. En este constante tentativo, políticamente indispensable y no solamente meritorio, se construye el circuito de la responsabilidad política de la democracia schumpeteriana. Este circuito está conformado por la intención de tener en cuenta las preferencias de los electores y por la rendición de cuentas del accionar de los gobernantes ( y de los opositores). Incidentalmente, no es casual que el término en inglés, que se encuentra en el fundamental libro de Schumpeter, Capitalismo, Socialismo y Democracia sea accountability. Sin accountability, vale decir sin que los gobernantes y los opositores sean llamados a rendir cuentas de su propia actuación, no puede existir ninguna democracia que etimológicamente pueda significar poder del pueblo.
La democracia schumpeteriana es competitiva porque a través de la competencia por los votos de los electores se asigna el poder político de gobernar. No es necesariamente, pero puede ser, una democracia “bipartidista”. Es, en cambio, en realidad intenta ser y finaliza por ser, una democracia bipolar porque compiten dos equipos y, mayoritaria, porque funciona mejor si quien gana goza de una mayoría de bancas en el parlamento que le permite gobernar sin negociar con la oposición, ni suavizarla, halagarla, cooptarla, corromperla y, mucho menos, reprimirla. Se abre en este punto todo el discurso sobre los mecanismos electorales, sobre los procedimientos constitucionales, sobre las formas y sobre las reformas institucionales que conducen a una buena democracia competitiva.

La concepción y, aún más, la práctica de la democracia schumpeteriana ha revelado un desarrollo curioso pero digno de gran atención. En condiciones normales, vale decir cuando el régimen democrático está funcionando sin turbulencias, por algunos años o mejor después de dos o tres elecciones generales (no aquellas democracias que se encuentran todavía en transición o en crisis), los gobernantes gozan de significativas ventajas de posicionamiento. De hecho, no sólo han tenido por algunos años la posibilidad, si han sido competentes e íntegros, de guiar la sociedad y la economía, de hacer reformas, de obtener mayor visibilidad. También han tenido la posibilidad de someter al electorado un balance completo de su propio accionar, de los propios logros y del propio rendimiento. Pueden poner frente a frente promesas electorales con decisiones tomadas. Por el contrario, la oposición se encuentra con algunas dificultades. Debe, naturalmente, rechazar todo lo realizado por el gobierno pero, al mismo tiempo, debe reivindicar algún crédito por haber eventualmente “mejorado” con su aporte responsable algunas reformas del gobierno. Debe, en particular, continuar defendiendo las bondades de sus propuestas pero no puede ofrecer a los electores un balance tan detallado como el diseñado por el gobierno. Cualquier oposición se encuentra, además, con el deber de pedir a los electores que confíen en sus promesas.
Esta condición de desequilibrio estructural entre gobierno y oposición puede, tal vez, servir para explicar por qué parece más fácil para los gobiernos que hayan actuado decentemente reconquistar el mandato de gobernar (para citar algunos ejemplos aislados (sparsi): Thatcher 1979-1990; González 1982-1996; Kohl 1982-1996; Aznar 1996-; Menem 1989-1999; Cardoso electo y reelegido en Brasil; la coalición democristiana-socialista en Chile desde 1989 y hasta la actualidad) porque la alternancia, por cuanto siempre practicable en un régimen democrático resulta relativamente rara. Podríamos agregar, que las victorias de la oposición ocurren por el agotamiento de las experiencias de gobierno y, por sobretodo, de los gobernantes y de sus propias cualidades personales. Es justamente la importante demanda de cambio la que facilita a la oposición la confrontación específica entre programas y promesas, entre realizaciones y críticas. El electorado tiende a preferir lo malo conocido que lo bueno por conocer.
En definitiva, la teoría de la democracia competitiva de Schumpeter no sólo mantiene intacta su validez como una fuerte interpretación del tipo de relación que se establece en forma vertical entre los electores y los elegidos, y viceversa. Muestra, además, con gran eficiencia que la democracia competitiva no se agota en la verticalidad sino que se define y se renueva periódicamente, incluso continuamente, en una relación de accountability que impone a los gobernantes ser responsables y a la oposición, que sabe que puede ser llamada a responder por sus promesas, que éstas no pueden ser irreales sino mas bien responsables.
No obstante, los numerosos y significativos puntos fuertes, la teoría de Schumpeter ha sido diversamente criticada, muchas veces sin medida y, en particular, por quienes sostienen, con mayor o menor razón, que la democracia no debe restringirse y agotarse en el momento electoral y, menos aún, al ámbito político únicamente. Un sistema político, según estos críticos, será tanto más democrático en la medida que su propia sociedad se encuentre democráticamente organizada. Más precisamente, la democracia es también un modo de ser, de funcionar, de transformar la sociedad que incide sobre la esfera política mucho más en esta dirección que a la inversa. Por más que personalmente no comparta esta visión, algunas veces extremista, es innegable que ésta tiene una historia y defensores, incluso refinados, que han enunciado una verdadera y propia teoría que, por simplicidad, defino como democracia horizontal y a la cual dedico inmediatamente la atención.

Democracia horizontal


Tradicionalmente, se atribuye la concepción de la democracia horizontal a Alexis de Tocqueville y a su lectura de los Estados Unidos, en la mitad del ochocientos, pero no cabe duda que la idea de democracia horizontal, pero no definida en este modo, se encuentra en alguna de las tantas formulaciones de la democracia participativa. En el corazón de la democracia horizontal se encuentra el asociacionismo cívico y social. Si los franceses que conocía Tocqueville se encontraban al interior de asociaciones estructuradas y jerárquicas, incluso podían movilizarse en manifestaciones revolucionarias, plebiscitarias, en plazas y por las calles; los estadounidenses, como Tocqueville los vio e interpretó se asociaban en grupos de los más diversos tipos. Los estadounidenses cuando emergía un problema creaban una asociación para afrontarlo y resolverlo.
Este difundido asociacionismo era mayoritariamente favorecido por dos fenómenos. El primero estaba constituido por la presencia de un vasta red de grupos religiosos, sin ninguna connotación negativa, de sectas. De hecho, fueron los disidentes religiosos a dar vida al primer asociacionismo para defender y para propagar aquella fe que había sido negado a ellos en el continente europeo y en Gran Bretaña. Dentro de las iglesias, grandes y con mayor frecuencia pequeñas, se aprendía a estar juntos, a dialogar, a hablar en público, a predicar, a hacer proselitismo. Todas actividades, como se comprende rápidamente, perfectamente coherentes con la política democrática y que conducen necesariamente a ella. El segundo fenómeno es que privados de un pasado feudal, de señores y patrones, de una herencia de status preestablecidos e inmutables, todos los americanos habían nacido “libres e iguales”, como sostenía la famosa Declaración de verdad (“self evident”) de independencia. Aún si la igualdad no incluía a las mujeres y a los negros que no eran ni libres ni iguales, la ideología sostenía que todos deberían deber o poder serlo. Gracias a este artificio todos podían formar parte de las asociaciones que querían sin ninguna condescendencia, sin ningún temor, sin ninguna reverencia.
El asociacionismo americano fue, desde su inicio, un asociacionismo cívico y social , de ciudadanos y grupos, respectivamente. Fue muy poco político. Fue el prototipo del asociacionismo “pluralista”. De hecho, no es suficiente con la existencia de una pluralidad de grupos organizados para transformar en efectivamente pluralista un sistema político, social, económico y cultural. Es indispensable que las asociaciones entren en competencia entre ellas, que se confronten y se enfrenten las propuestas y las soluciones. Actuando así, es probable que las asociaciones cambien, crezcan, declinen, desaparezcan mientras nacen otras asociaciones más apropiadas a los tiempos, a los lugares y a los problemas. En sociedades estáticas, los grupos pueden permanecer siendo más o menos los mismos, incluso, por un período prolongado de tiempo y que la sociedad se transforme en incapaz de innovar. En sociedades dinámicas, los grupos representan al mismo tiempo la linfa del cambio y el efecto del cambio es registrado, agiornado, actualizado, transformado casi incesantemente. Tomando a préstamo una expresión del sociólogo francés Alain Touraine, los grupos son la sociedad misma mientras cambia.

En cuanto a la sociedad, qué se puede decir de la política y de la influencia de ésta sociedad pluralista sobre la política y la democracia?. Inevitablemente, los teóricos del pluralismo social han sostenido no sólo la importancia de la presencia de las asociaciones sino también la indispensabilidad que estas asociaciones sean enteramente democráticas y, en aún con mayor precisión, que sean democratizadas todas las instituciones de cualquier régimen que fuera o que quiera permanecer democrático. Esta versión de la democracia horizontal penetra sin contradicciones la democracia participativa. Porque la democracia estaría limitada, desde la visión de los teóricos de la democracia participativa, si permaneciera confinada sólo a la esfera política. En consecuencia resulta indispensable “democratizar” todas las asociaciones pero sobretodo todas las instituciones existentes en un sistema político que se pretenda democrático. Los “extremistas” de la democracia participativa han, consecuentemente, sostenido la necesidad de democratizar la burocracia, las Fuerzas armadas, el sistema económico, la escuela (curiosamente, ninguno de ellos ha sostenido jamás la indispensabilidad de democratizar la Iglesia Católica, la última, grande y potente estructura totalmente jerárquica).
En definitiva han proliferado los análisis y las propuestas que hoy aparecen del todo inactuales, de democracia industrial, de la democracia en las fábricas con fórmulas, absolutamente para no confundir, de autogestión o cogestión; y de democracia económica, vale decir de superación del capitalismo a favor no de los propietarios sino de los “productores”. En la autogestión deberían los obreros gobernar la propia empresa, establecer, presumiblemente a través de procedimientos democráticos de discusión y de decisión, tiempos, modos, tipos de trabajos; en la cogestión, en cambio, son los sindicatos o los sindicalistas los que interaccionan con los managers para conseguir éxitos compartidos. Desafortunadamente con frecuencia, los teóricos de la democracia participativa olvidan, que en la mayor parte de los países y por la mayor parte del tiempo los sindicatos son o están lejos de ser organizaciones democráticas; incluso las burocracias sindicales constituyen frecuentemente un lugar impermeable a la democracia.
Las oportunas críticas a la falta de democracia interna en los sindicatos no debe llevar a creer que sería mejor si los sindicatos desaparecieran. Al contrario, en la perspectiva de la democracia horizontal los sindicatos tienen una tarea significativa que cumplir que no consiste solamente en representar, en forma no siempre distorsionada, los intereses de los trabajadores, de los sindicalizados y de los sindicalistas, para contraponerse y hacer de contrapeso a las potentes asociaciones patronales. Tanto la democracia horizontal como la democracia participativa resultan más creíbles y más eficaces si organizaciones como los sindicatos existen, son activas, representativas e internamente en grado de consentir a sus propios inscriptos desarrollar, desenvolver un rol activo y propositivo.
En cuanto al capitalismo, que debería ser, si no abatido, como ha sostenido prolongadamente el pensamiento marxista-comunista, cuanto menos democratizado, hemos conocido en diferentes fases históricas diversos modelos: manchesteriano, oligopólico, financiero, tecnológico. Además, en la fase actual es posible reencontrar grandes diferencias entre el capitalismo estadounidense, japonés y aquel denominado renano, tanto en torno a las reglas que lo dirigen como al propio funcionamiento de las relaciones entre el Estado, los bancos y las empresas, para citar solo un ejemplo. No es este el lugar para profundizar todas estas problemáticas que son importantes para cualquier análisis de la democracia horizontal la cual no podría subsistir sin una verdadera competencia entre las empresas.
Aquí, alcanzará con hacer notar que, por una lado, se presenta el problema, como ha escrito Charles Lindblom, en Politics and Markets (1977) de la compatibilidad entre las grandes corporaciones y la democracia; por otro lado, aparece la necesidad de clarificar qué cosa debiera ser un “mercado” en el ámbito de una democracia horizontal. Para el primer punto, Lindblom ha sido drástico: las grandes corporaciones son incompatibles con la democracia y en consecuencia deben ser reglamentadas hasta la propia partición como ha ocurrido en los Estados Unidos con las compañías telefónicas y como puede suceder con la Microsoft de Bill Gates. Para el segundo punto, por el contrario, el problema parece de difícil solución. De hecho, la democracia horizontal vive en la competencia pluralista, en un mercado, no sólo económico, el que, inevitablemente, produce y reproduce desigualdad. Dado que no existe, que nos disculpe Adam Smith, ninguna “mano invisible”, (el mismo Adam Smith ponía como fundamento de su mercado sólidos principios morales) que logre poner orden, es necesario interrogarse sobre las modalidades con las cuales un poder político (democracia vertical) se legitima, cómo y cuándo interviene para (re)construir/(re) establecer las famosas y tanto alabadas condiciones de igualdad de oportunidades.

Curiosamente, la teoría marxista sobretodo se preocupó por la desigualdades económicas. Resueltas ellas, se recordará que Marx veía de manera romántica el desarrollo y la ampliación de la esfera de libertad del hombre, colegada incluso al progreso técnico hasta que todos pudieran, si así lo deseaban, cazar a la mañana, pescar a la tarde y a ser críticos de arte a la noche (si bien Marx no hacía nada de todo esto ya que estudiaba y escribía de la mañana a la noche, mientras Engels intentaba ser un capitalista de éxito y lo mantenía, se podría decir, en sus estudios propio como se hace con un estudiante dotado). Por otra parte, la política se transformaría en una cosa tan simple que el balance del Estado habría podido ser entendido por la cocinera de Lenin y no habría jamás ocurrido el gobierno del hombres sobre el hombre (adiós, democracia vertical), sino solamente la administración de las cosas, presumiblemente, confiada a una pluralidad de grupos: reaparece aquí nuevamente la democracia horizontal en una versión posible y apreciable.
Para la escuela de Francfort, en cambio, el problema producido por el capitalismo no es sólo la odiosa desigualdad económica sino que son, por el contrario, la uniformidad de los comportamientos y de los estilos de vida. Probablemente, el punto más alto de la teorización de la necesidad de rechazar la uniformidad lo constituye el libro de Herbert Marcuse, El hombre unidimensional (1964) que fue un texto fundamental de los movimientos del ‘68. En el mismo momento, Marcuse rechaza con extraordinario vigor la dimensión desesperadamente consumista del hombre de los años ‘70 y ofrece una visión alternativa tanto de la democracia horizontal -hecha de personas y de grupos que dialogan, expresan y mantienen, incluso, gozan de sus propias diferencias, de sus propios estilos de vida específicos y particulares-, como de la democracia participativa que sólo permite escapar del embrutecimiento del consumismo.
Es posible, que el (re)descubrimiento y la (re)valorización de las especificidades de la comunidad encuentre en Marcuse un precursor. Es muy probable que la variante de la teoría política que se define como comunitarismo sea en alguna manera deudora de quienes han teorizado sobre las diferenciaciones de los grupos, de las asociaciones y de las comunidades. En este caso, el riesgo es doble. Por una parte, las comunidades imponen sus propios estilos de vida y los justifican recurriendo a la historia, a la memoria e incluso a los números, a la voluntad de la mayoría que sabemos que puede degenerar en tiranía. Por otra parte, las comunidades se cierran y excluyen. En consecuencia, no estaríamos más en el ámbito de la democracia horizontal porque la competencia entre los grupos/comunidades resultaría evitada, distorsionada, impedida.
Es conocido que existe una alternativa teórica y práctica al comunitarismo, vale decir el republicanismo que según algunos, representa la democracia horizontal en su mejor versión. Para el republicanismo, los ciudadanos no tienen solamente derechos en relación al Estado. Tienen también deberes en relación al Estado, por ejemplo, obedeciendo las leyes y en relación a los demás conciudadanos, siendo solidarios y manifestándolo de distintas formas, no siendo la última aquella de pagar los impuestos en proporción a los ingresos. En consecuencia, el republicanismo pone énfasis sobre los derechos y los deberes cuya afirmación depende, según los defensores de una versión definida “patriotismo constitucional”, por la participación de los ciudadanos propiamente en la formulación de aquellos derechos y deberes.

Se arriba de esta forma a la versión más reciente y, en un cierto sentido, más articulada de la democracia horizontal. Se ubica bajo la definición de democracia deliberativa pero, dado que en algunos idiomas, deliberar significa decidir, y frecuentemente los teóricos de la democracia deliberativa dedican poquísima atención y relevancia a la decisión, creo que es preferible hablar de democracia discursiva. El estudioso al cual se le atribuye una influyente versión de la democracia deliberativa, Jürgen Habermas, no parece interesado en el resultado sino casi exclusivamente en el proceso. Aquello que cuenta para Habermas, y para muchos otros, es que la democracia discursiva nace con la formación de la opinión pública y crece con ella; con la expansión de la esfera de la opinión pública. En su ámbito, se debaten incesantemente temas y problemas y cuando se individualizan las soluciones estas vienen continuamente sometidas al filtro del debate. Naturalmente, de este modo, parecería que debiera abrirse un amplio espacio de colaboración y de consenso.
En sociedades en las cuales existe un vivaz asociacionismo, la democracia discursiva/deliberativa puede efectivamente consentir de tener en cuenta la mayor cantidad de las preferencias, de permitir emerger la mayor parte de la exigencias, de hacer valer la mayoría de los grupos. Cuando todo esto alcanza a traducirse, como debiera - porque muchos continúan sosteniendo que el problema principal de las democracias consiste en su propia lentitud decisional (y que, por esta razón, los autoritarismos serían preferibles) -, en decisiones, continua todavía del todo abierto el interrogante. No resulta incorrecto sostener que es un interrogante al cual la teoría discursiva de la democracia no puede dar respuesta. En definitiva, al fin de este recorrido debiera ser evidente que la democracia horizontal, si bien es útil, parece ser imperfecta e incompleta si no se la acompaña oportunamente con la democracia vertical. Discutir delante de un taza de té, o de un whisky, sin decidir es una actividad que se encuentra en consonancia a gentelmen anglosajones. Ellos, que fueron indudablemente los primeros democráticos sabían más y no dejaron jamás de decidir con juicio, rapidez y asumiendo en parte la responsabilidad.

Democracia digital

Un cierto número de estudiosos, en parte preocupados por la lentitud y animados por el progreso técnico, piensa que se puede poner remedio a algunas carencias de la práctica democrática gracias a la tecnología. La democracia que defino como digital no tiene una verdadera y propia teoría a las espaldas, pero haríamos muy mal en dejar de lado la práctica, en subvalorar las potencialidades y en olvidar los inconvenientes.
En términos extremamente sintéticos, la democracia digital se construye y se pone en funcionamiento gracias a la disponibilidad de instrumentos técnicos: teléfono, televisor, computadoras, que podemos accionar con los dedos, mandando mensajes, expresando soluciones, decidiendo entre alternativas. Algunos defensores de la democracia digital la ven como un complemento a la democracia griega, un tipo de democracia directa para un gran número de personas en tiempos reales. De la misma forma en la cual decidían millares de atenienses, sentados en el Partenón mientras el sol tramontaba en el mar, sobre las cuestiones de la ciudad, sobre sus tareas, sobre las expulsiones, el tristemente famoso ostracismo, se podría hoy reintroducir en algunas modalidades aquella democracia directa, vale decir sin representantes sin intermediarios, gracias a la tecnología. Al mismo tiempo, se lograría el objetivo de una democracia directa y de una democracia participativa.
El entusiasmo de muchos neófitos por la democracia digital parece comprensible. De hecho, pareciera que finalmente todos los ciudadanos podrían contar y ser tomados en cuenta directamente, de manera decisivamente incisiva. No hay duda que, al menos en algunos casos, decisiones rápidas, confiadas directamente a los ciudadanos sin mediaciones, algunas veces traicioneras de los políticos, serían auspiciable. De todas formas, existen al menos dos objeciones a la democracia digital de las cuales creo que se debe tener el máximo cuidado. La primera objeción concierne a la disponibilidad de los instrumentos tecnológicos y a las capacidades técnicas de los ciudadanos y ciudadanas. No todos los ciudadanos, ni aún en los países más desarrollados, disponen de televisión, de teléfono y mucho menos de computadoras personales.

En consecuencia, existe el riesgo que la democracia tecnológica discrimine a los menos provistos de estos elementos. El remedio expresado con la construcción de centro especiales a estos propósitos sirve sólo en parte porque puede hacer resurgir el problema de los tiempos, del transporte, de la agregación de los menos dotados. Además, si no todos disponen de televisión, teléfono, computadora son aún menos los que saben usar una computadora. Y no se puede obviar este inconveniente simplemente favoreciendo la presencia de “técnicos”, en los apropiados centros de escucha, porque parece evidente que los “técnicos” podrían finalizar por transformarse en los nuevos intermediarios, sin mandato pero con la aureola de la capacidad y, en definitiva, influenciar los comportamientos y las decisiones de todos aquellos que no entiendan bastante de los procedimientos técnicos. Las objeciones por así decir técnicas a la democracia digital podrían parecer superables, por ejemplo podrían ser los candidatos y partidos o los grupos y asociaciones los encargados de construir centro de escucha y de agregación de los cuales los menos capacitados de los ciudadanos se confiarían, pero naturalmente los tiempos se prolongarían y la democracia no sería tan directa como se esperaba y anunciaba.
Todavía más seria y por lo tanto menos fácilmente superable me parece, la objeción que merece el adjetivo de “democrática”. Desde cualquier punto de vista que se lo considere, no solamente desde el de la teoría discursiva/deliberativa, la democracia tienen sentido si se sustancia en un intercambio de ideas, en una confrontación de propuestas, en una formulación de soluciones que vienen en forma diversa sometidas al juicio de los ciudadanos, si se funda sobre tentativos de persuasión individual y grupal sobre el hecho que algunas ideas son mejores que otras, que algunas propuestas están mejor construidas, que algunas soluciones son más eficaces. El elemento del debate, el más amplio posible, aunque áspero, no se agota en la decisión porque luego se necesitará evaluar la incidencia y los efectos y, eventualmente, mejorar la democracia o descuartizarla.
La democracia digital corta radicalmente el debate. Salvo casos excepcionales, está toda dirigida sobre el aspecto de la decisión. Por otra parte, los instrumentos técnicos: televisión, teléfono, computadora, solo excepcionalmente y, en efecto, solo el primero está en grado de consentir un debate, intenso, como intercambio de ideas y no en un sentido único sino interactivo. Es una ilusión o una receta prematura pensar que la democracia digital puede afirmarse respondiendo a las preferencias de las mujeres y de los hombres limitada como está sobre el aspecto de decisión, mientras mujeres y hombres buscan en la democracia no sólo decisiones sino también un lugar donde convivir, intercambiar experiencias, afirmar identidades, aprender, incluso transformarse en ciudadanos mejores siendo más cultos, mejor informados y capaces de comprender las razones de los otros. No podemos pedir menos de la democracia digital; debemos seguramente integrarla con la democracia vertical y con la democracia horizontal.



Conclusión


Hemos llegado al final de esta exposición sobre tres concepciones de la democracia con un evidente y diverso contenido teórico tanto en términos cuantitativos como cualitativos. Es posible y también justo que cada uno de nosotros elija una teoría en vez de otra. Le pediremos, democráticamente, de justificar su decisión argumentando las razones por las cuales le parece preferible. Es posible e incluso más coherente con la teoría democrática, como la hemos heredado y aprendido en los últimos dos mil seiscientos años, que cada uno de nosotros no prefiera elegir de una vez por todas ellas. De hecho, la esencia profunda de la democracia consiste en el conocimiento que las mujeres y los hombres pueden equivocarse, pero que éstos tienen el derecho de elegir sus propios destinos y de cambiarlos según los procedimientos compartidos por la mayor parte de ellos; de mayorías que cuando hablan de derechos deben ser calificados y que, además, tienen el deber de justificar sus propias elecciones como de aceptar su responsabilidad. La superioridad de la democracia consiste, por un lado, en su aceptación de la experimentación; y por otro, en su capacidad de autocorrección ( los autoritarismos no experimentan pero imponen, no saben corregir, y no teniendo soluciones de recambio destruyen sus propias elecciones o dejan que sean destruidas).
Experimentar y corregir son principios que, con diversas traducciones, se encuentran en el centro de la democracia vertical, en la cual los ciudadanos experimentan dando poder transitorio y precario a quienes los gobernará y, en la democracia horizontal, los grupos de ciudadanos se enfrentan y juegan en el marco del pluralismo competitivo. La democracia vertical no es en absoluto incompatible con la democracia horizontal, al contrario, provee de la linfa que la democracia horizontal necesita en los momentos de decisión y de responsabilización de los decisores ya que solo la democracia vertical puede garantizarlo. En cuanto a la democracia digital, esta puede ofrecer el soporte técnico tanto a una como a otra democracia, facilitando algunas decisiones al consentir una mayor y más rápida difusión de algunas informaciones. En total coherencia con el espíritu de la democracia, mi conclusión aparece del todo inevitable.
Continuemos con experimentar, corregir y articular, incluso digitalmente, la democracia. Y si continuamos estando insatisfechos, como se debe, porque nada de lo que hagamos en política podrá jamas satisfacernos completamente, busquemos ser conscientes del hecho que la insatisfacción es la piedra del cambio. Mejor ser insaciables que complacientes, complacientes en definitiva de qué cosa?. Las democracias, como he escrito en mi pequeño libro traducido el año pasado por el Fondo de Cultura Económica, son exigentes con los ciudadanos, los intelectuales y con los gobernantes. Los ciudadanos insaciables avanzan más allá de la frontera de las transformaciones posible, marcan el camino de las democracias futuras. Justo como debe ser, incluso como podría ser si, exclusivamente, los ciudadanos se empeñan en esta dirección. Es probable que lo hagamos. Lo estamos haciendo.

*Profesor de Ciencia Política en la Universidad de Bologna.

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