Teoría Política : El abstencionismo en la construcción del consenso.

Enviado por CIUDAD POLITICA el 12/10/2004 2:51:07 (9727 Lecturas) Artículos del mismo redactor

¿Cómo se construye el consenso en la sociedad democrática? ¿Cuáles son las condiciones socio-políticas e institucionales que determinan la construcción del consenso en los sistemas democráticos? ¿Cuál es el sentido del fenómeno de la abstención en la práctica democrática?
Por Dr. F. G. MARÍN de la Universidad de Michoacán. Morelia. México.*
MIEMBRO de CIUDAD POLITICA, lo invitamos a leer este artículo que se pregunta acerca de ¿Cuál es la función del abstencionismo en los procesos de constitución del consenso, en el régimen democrático?.

"La apatía política de ninguna manera es un síntoma de crisis de un sistema democrático sino, como habitualmente se observa, un signo de perfecta salud: es suficiente interpretar la apatía política no como un rechazo al sistema sino como benevolente indiferencia". N. BOBBIO.

El Consenso Democrático

¿Cómo se construye el consenso en la sociedad democrática? ¿Cuáles son las condiciones socio-políticas e institucionales que determinan la construcción del consenso en los sistemas democráticos? ¿Cuál es el sentido del fenómeno de la abstención en la práctica democrática? ¿Cuál es la función del abstencionismo en los procesos de constitución del consenso, en el régimen democrático? Para que el consenso democrático sea posible se requieren de cuatro condiciones elementales, a saber: en primer lugar, es necesario la existencia de un conjunto de reglas claras y aplicables a todo el conjunto social, ausentes de cualquier parcialidad ideológica, económica, política, cultural, étnica o de género; en segundo lugar, el reconocimiento formal y pragmático de la libertad sustantiva de todos los individuos que conforman el cuerpo social, así como de su capacidad de opinar, decidir, seleccionar e intervenir en los asuntos de interés público, sin riesgo alguno de ser objeto de cualquier tipo de violencia sobre su persona, familia, derechos o pertenencias, a consecuencia de sus determinaciones y/o participación socio-política -salvo de aquellas que correspondan al ámbito exclusivo de lo civil y/o lo penal-; en tercer lugar, la presencia de órganos específicos de decisión política abiertos a la intervención social, en un marco de respeto irrestricto a la discrepancia y al disenso ideológico -una sociedad es más democrática en cuanto apertura mayores espacios de decisión política a la participación de los diversos agentes sociales que lo conforman-; y en cuarto lugar, la posibilidad concreta de la alternancia en el poder, lo que supone tanto la presencia de diferentes opciones políticas sobre las cuales el ciudadano pueda elegir, como la competencia equitativa entre las distintas fuerzas que conforman al sistema político.

Pero, aún la observancia de estas cuatro condiciones no es suficiente para la instauración de la práctica democrática, en cuanto sustento de la construcción del consenso, ya sea como procedimiento de legitimación del poder político, o en la indicación del sentido de las decisiones políticas, puesto que suele ser una concepción común entre la clase política, los teóricos de la democracia y la opinión pública, el posicionar como determinante definitivo y exclusivo del consenso democrático, la imposición numérica de la mayoría mediante los diferentes dispositivos electorales, en cualesquiera de sus posibles variantes –directos o indirectos, secretos o nominales, universales o diferenciados, abiertos o cerrados, entre otros-; por tanto, el problema de la democracia se reduce a la simple aplicación del álgebra electoral en los procesos del "cálculo del consenso" -según le denomina Buchanan-, bien sea para diseñar la estrategia de consulta social, que atiende tanto la distribución de la geografía de los distritos electorales como la definición de las formas de representación política, o bien en el reconocimiento de la voluntad popular, lo cual comprende tanto el peso e importancia que se le asigna a la participación social, como la interpretación de los alcances políticos del sufragio en el diseño del proyecto de gobierno, en lo general, o en el establecimiento del rumbo de las cuestiones sociales, en lo particular. En síntesis, desde esta perspectiva, la democracia se concreta en la imposición de la >>voluntad mayoritaria<<, que se manifiesta por mediación de los dispositivos procedimentales de elección política; es por eso que Ortega y Gasset encuentra que "la salud de las democracias, cualquiera que sean su tipo y su grado, depende de un mísero detalle técnico: el procedimiento electoral. Todo lo demás es secundario."1

Sin embargo, el riesgo que entraña esta reducción de la práctica democrática a la simple imposición de la mayoría, a través de la dinámica de los procedimientos electorales, pervierte el sentido histórico de esta alternativa política al legitimar e institucionalizar una modalidad de los sistemas dictatoriales, esto es: la "dictadura de las masas". Los filósofos griegos entienden la política como la racionalización de la vida pública, la conducción de los asuntos de la polis a través de la res política, por eso desconfían de la fuerza que ostenta la fiera que aúlla y del uso que pueden hacer de ella los demagogos y los tiranos, pues en tanto que masa se deja llevar más por el impulso de los instintos, o de las emociones, que por la razón. La mayoría puede imponer su voluntad por la fuerza de los gritos o del sufragio, pero no necesariamente dispone y se conduce por la res de Estado –para decirlo en términos modernos-. Este inconveniente procedimental hace de la democracia el sistema político más imperfecto de toda la historia –aspecto en que parecen coincidir los filósofos griegos con Rousseau, Savater y Bobbio-, el cual, incluso, puede representar un verdadero obstáculo para el desarrollo y la integración económica regional, como se lamentó en alguna ocasión el presidente Bill Clinton, a propósito de la negativa del congreso estadounidense para aprobar la vía del fast track, en los acuerdos comerciales con Chile; pero esta condición imperfecta es lo que convierte a la práctica democrática en el sistema político más adecuado a la dimensión humana, puesto que permite la invención permanente de sus posibilidades socio-históricas, al ritmo de la invención de sí mismo que realiza el ser humano. El avance democrático ha sido una permanente reforma de las relaciones políticas y un paulatino proceso de integración social.

Pero, después de todo, ¿la democracia se define por la imposición electoral de la fuerza de las mayorías? No, desde luego que no, esta reducción interpretativa de la práctica democrática proviene de confundir los medios con el significado de la construcción del consenso. Los dispositivos electorales son sólo un medio para alcanzar ciertos consensos políticos, pero no determinan ni el significado, ni los alcances del compromiso social que implica la convivencia democrática. El debate, la opinión pública y aún los dispositivos de resistencia civil –pasivos o activos-, representan otros medios para la construcción de los consensos sociales, sin olvidar el plebiscito y el referéndum –los cuales, a fin de cuentas, no son más que una variante de las elecciones-. Lo que define la madurez de un sistema democrático es su capacidad para establecer consensos sobre asuntos de interés público, sin menoscabo de las diferencias ideológicas, religiosas, políticas, culturales, étnicas o de género; pero ta mbién, donde las minorías y el disenso constituyen agentes indispensables para la consolidación del propio sistema. La minoría significa una mayoría en ciernes y el disenso representa la oportunidad de avanzar en el perfeccionamiento de la vida democrática, mediante el impulso constante de la transformación de las relaciones políticas, como en la construcción de alternativas de convivencia social. Así pues, la pluralidad política es una condición sine qua non del sistema democrático.

La monolítica apelación a la dictadura de las mayorías, por el contrario, es un instrumento de manipulación y control social de los sistemas totalitarios, tal como ocurre en el nacismo, el facismo y el bolcheviquismo. Adolf Hitler arriba y se mantiene en el poder, con un fuerte apoyo del pueblo alemán, lo mismo sucede con Benito Mussolini en Italia y con Iossif V. D. Stanlin en la Unión Soviética. Fundamentan en el presunto usufructo de la voluntad mayoritaria la acción de Estado y el control social, al mismo tiempo que convierten su ideología particular, o de grupo, en infalible razón política. Dos dispositivos de control social, de los que se sirve la dictadura de las masas, en cualquiera de sus variantes, son: el asambleísmo y la conformación de los grupos de choque, a través de los cuales constituye el artificio de la participación social, contiene a la disidencia y crea un clima de inestabilidad política que justifica tanto la presencia "salvacionista" de los dirigentes, como la imposición de los procedimientos de represión permanente, a nombre del bienestar público, del beneficio de las mayorías. Después de la segunda guerra mundial, esta modalidad de dictadura se torna más flexible con la asimilación de los dispositivos democráticos y asume la forma del populismo político –dos claros ejemplos de este fenómeno en Latinoamérica, lo representan el "peronismo" en Argentina y el "priísmo" en el México anterior a la década de los noventa-, pero conserva los mismos rasgos que caracterizan a los sistemas totalitaristas. El movimiento de los descamisados peronistas y los denominados sectores priístas, desempeñan la misma función política de control social, indicada antes. La etapa de mayor "popularidad" del presidente peruano, Alberto Fujimori, fue también cuando asumió las decisiones menos democráticas, a saber: la disolución del parlamento y el asalto a la embajada japonesa, entre otras. El populismo es una estrategia política de la que se han servido grupos tanto de izquierda como de derecha, donde el ejercicio del poder pretende fundamentarse en el interés de las masas populares, apelando siempre a las demandas más apremiantes de la sociedad. Debido al recurso emergente que realiza de los dispositivos electorales y de las técnicas estadísticas para medir la supuesta aceptación social de la acción política, resulta por demás difícil separar y diferenciar esta forma de dictadura de la auténtica democracia, es más, suele confundírsele como una variante de los sistemas democráticos.

Por esto mismo, es necesario relativizar de manera crítica el concepto de mayoría y el de razón política, pues, en un sistema estrictamente democrático nadie puede detentar a priori, o de manera absoluta, el monopolio de la voluntad popular y el considerar como patrimonio exclusivo el proyecto histórico que mejor conviene a la sociedad. La mayoría se conforma por una trama de contingencia, esto es, una serie de circunstancialidades diversas entre las que participan estados emocionales, especulaciones económicas, prospectivas políticas, intereses de clase y de grupo, fuerzas y relaciones de poder, códigos de ética y religiosidad, etc., por ello mismo su condición es por demás voluble; en tanto que los proyectos políticos son sólo constructos experimentales de proyección social, que responden a perspectivas ideológicas particulares y a previsiones parciales del futuro, y por ende, susceptibles del error, la descontextualización o el desfasamiento socio-histórico. La mayoría es un fenómeno circunstancial que se encuentra en constante movimiento, se desplaza de acuerdo con las contingencias socio-históricas. La razón política emana como respuesta estratégica a la emergencia del interés, la problemática, las prioridades, las preocupaciones y las demandas sociales, por tanto, se transforma en función de las reorientaciones que plantean los diferentes estratos socio-históricos. La práctica democrática es dinámica porque se aviene a las disposiciones concretas que organizan a los sistemas sociales. Luego entonces, quien reconozca en su proyecto de gobierno, social, partidista o gremial, la infalibilidad histórica, así como el usufructo exclusivo y permanente de la voluntad mayoritaria, se encuentra más cerca de alguna de las modalidades de la dictadura que de los sistemas democráticos.

La democracia más que un sistema político, o una forma particular de legitimación del poder político, es un determinado tipo de formación social. El fundamento nodal de la democracia es el reconocimiento de la igualdad racional de los seres humanos y la ciudadanización de los sujetos sociales, rasgos que definen el carácter formal de la libertad y el derecho político de los individuos. Solamente desde la perspectiva de la igualdad racional entre los seres humanos, resulta comprensible que para Rousseau las elecciones por sorteo tengan pocos inconvenientes; dada la homogeneidad racional que distingue al ser humano, cualquiera puede gobernar, esto es:

"Las elecciones por sorteo tendrán pocos inconvenientes en una verdadera democracia, en que siendo todos iguales, tanto en las costumbres como en el talento, y en los principios como en la fortuna, la elección llegaría a ser casi indiferente." 2

El quid del asunto radica precisamente en que la igualdad que reconoce Rousseau no se reduce al talento -como le denomina-, o a la igualdad formal que establece la elección, sino que también comprende a las costumbres, a los principios y a la fortuna, dicho en términos más generales, se refiere a la igualdad derivada de una misma trama cultural. Los conceptos tanto como las prácticas sociales -el campo discursivo y las formas de institucionalidad-, no son agentes culturales neutros y ahistóricos, sino que tienen una historicidad propia que les determina su sentido político. La ciudadanía es producto de los encuentros y desencuentros de estas relaciones entre el discurso y la práctica no-discursiva; la subjetividad democrática es apenas un pliegue de los procesos de intersubjetivación cultural, por tanto, la opinión pública es sólo el resultado, un efecto de superficie, de la intersección entre las formas de enunciación y los procesos de institucionalización.3 La democracia es un producto peculiar de una trama singular de cultura política y corresponde a la estructura de un sistema social concreto.

El fenómeno de la abstención en la práctica democrática

La apatía política que se manifiesta en el fenómeno de la abstención, es inherente al surgimiento, expansión y consolidación de la democracia, en cuanto proceso de construcción del consenso socio-político, sin que represente un auténtico riesgo para la vigencia y trascendencia de esta propuesta de organización política del sistema social. En la dinámica común de la práctica política, el abstencionismo carece de verdadero interés social tanto en los procesos de legitimación del poder político, como en las estrategias de consulta popular; más allá de la estridente declaración de los índices de abstención en los dispositivos electorales, o como parámetro para valorar la importancia de los resultados de la opinión pública, al fenómeno en sí mismo no se le atribuye ningún peso político. Así pues, el sentido del consenso democrático se establece en función de los indicadores de la participación social, a través de los dispositivos procedimentales de elección política; en consecuencia, la mayoría se constituye por efecto de quienes tienen la disposición para emitir su sufragio, o para expresar su opinión en los foros de consulta social, sin importar demasiado que sea la mayor parte de la sociedad quien se abstenga de participar.

El asunto resulta tan ausente de significado político, que los principales teóricos lo consideran un aspecto marginal en el devenir histórico de la democracia. El centro del análisis y la reflexión disciplinaria en torno de la práctica democrática, si sitúa en las formas, los medios, los dispositivos procedimentales, los instrumentos, los espacios, las interpretaciones y los sentidos de la participación social en las decisiones de gobierno, esto es, el ejercicio activo de la soberanía popular en los asuntos de interés público; donde el abstencionismo representa, acaso, un simple defecto o insuficiencia del compromiso político individual. Así, tenemos que Bobbio identifica en la actitud abstencionista una cierta conformidad con el régimen político vigente: "en la democracia, la masa de los ciudadanos no sólo interviene activamente en el proceso de legitimación del sistema en su conjunto, usando su derecho de voto para sostener a los partidos constitucionales, y también no usándolo, porque en este caso es válida la máxima de quién calla otorga (hasta ahora ninguno ha considerado los fenómenos de apatía política como una seria amenaza a los regímenes democráticos)",4 es decir, se trata de una cierta manera de constitución apática del consenso social democrático.

Empero, en los países en transición democrática la apatía política significa muchas cosas, menos conformidad, acuerdo o consenso con la actualidad del sistema político. El abstencionismo denuncia, en estos casos, un cierto desencanto y desconfianza en la pertinencia, confiabilidad y funcionalidad de la práctica democrática, es decir, la ausencia del compromiso ciudadano, a través del ejercicio electoral, cuestiona la legitimidad de la democracia como una estrategia real de intervención de la sociedad civil en los asuntos de gobierno, sobre todo en el terreno económico. Una amplia tradición de autoritarismo político, acompañada de estridentes deformaciones de la construcción del consenso democrático, han dispuesto en la población de una cierta indiferencia hacia los asuntos que atiende la clase política. La mayoría de la sociedad, de estos países en transición a la democracia, se interesa más por el espectáculo que representan los escándalos y los debates políticos, sobre todo a partir del frívolo tratamiento que le otorgan los medios masivos de comunicación, que por la importancia del significado o del contenido de los temas en cuestión.

A partir de estos elementos de análisis, en lo general, es posible identificar cuatro tipos de expresiones del fenómeno de la abstención, en los procesos de construcción del consenso democrático, tales son: por un lado, la apatía política en cuanto signo de aprobación y conformidad con el orden establecido, con la dinámica del sistema o del régimen vigente –como bien advierte Bobbio-, puesto que existe la presunción de que el descontento social, se traduce en una activa participación de la sociedad civil, que a través de los procedimientos de selección política, tiene por objeto cambiar la situación prevaleciente. La apatía política, en este sentido, se interpreta como un mandato popular de continuidad de la administración pública instaurada por los procedimientos democráticos; se trata, pues, de una apatía legitimante del sistema político establecido. Por otro lado, la abstención en tanto resistencia pasiva que denota una relativa inconformidad social para con el estado que guarda la situación política, o para con determinadas posiciones ejecutivas o legislativas; representa una suerte de protesta cívica, de crypto a través de la indiferencia política, que puede ser entendida como una advertencia previa a la resistencia activa y, aún, a la sanción electoral. En esta perspectiva, se supone que el sustraerse de la participación política manifiesta un desacuerdo tácito con las decisiones y/o las acciones de la gestión pública. El fenómeno extremo de esta modalidad de la abstención, se sitúa en la completa desconfianza tanto en la honestidad y claridad de las acciones del aparato de estado, como en la pertinencia de la participación social en las dinámicas de gobierno.

Por su lado, existe la emergente renuncia intencional del derecho a la selección política, como dispositivo estratégico para evadir compromisos, posiciones y/o responsabilidades políticas, en la asunción de decisiones controvertidas, polémicas, conflictivas o intrascendentes. El costo político y/o la importancia histórica son las determinantes que deciden la actuación de los diversos agentes socio-políticos, en este caso. El derecho al sufragio tiene como correlato el derecho a la abstención; ambos son instrumentos de participación social, en la práctica democrática. Y finalmente, la abstención en cuanto atrofia política para la participación social, como producto de una débil formación ciudadana que le impide al individuo: reconocerse como actor político, definir el sentido y el significado de su intervención en los asuntos de interés socio-político, identificar las fronteras entre el espacio público y privado, así como el ejercicio de sus derechos políticos. Los sistemas autoritarios impulsan el abstencionismo, en tanto estrategia política para coartar, contener y desmotivar la intervención civil en los asuntos de gobierno, con lo cual constituyen un cierto tipo de individuo que percibe en la acción de Estado, una manifestación del altruismo que caracteriza a los funcionarios en turno, y en la dinámica política, un ámbito ajeno a su actuación particular. La administración pública se presenta como un espacio exclusivo de intervención para la clase política. El "voto de confianza", la obediencia ciega a los dictados de los líderes políticos y el confinamiento de la acción de los individuos a la esfera privada, son dispositivos de la disciplina autoritaria. El individuo que se desentiende de los asuntos de la administración pública y se recluye en sus intereses privados, es el agente ideal de los sistemas autoritarios. La abstención, entonces, ya no significa un instrumento del ejercicio de la democracia, en cuanto consentimiento o resistencia pasiva al orden político establecido, por el contrario, representa una insuficiencia de la cultura democrática y de los procesos de ciudadanización.

Por tanto el sistema democrático es el producto de la práctica social que deposita en el individuo el origen de la soberanía y la meta de toda acción política, los fenómenos de participación y de abstención se encuentran determinados por los procesos de ciudadanización de los agentes sociales, en donde cobran su verdadero significado e importancia como dispositivos de regulación de la gestión administrativa del Estado. Empero, la ciudadanía no se adquiere por efecto del reconocimiento formal de la mayoría de edad de los individuos, sino que deviene de un proceso de formación social que comprende el desarrollo de las responsabilidades socio-políticas y la disposición hacia la convivencia democrática. En esta perspectiva, la participación y la abstención no representan fenómenos contradictorios y excluyentes, todo lo contrario, son variantes individuales de la intervención democrática en la dinámica de los sistemas políticos modernos.

Fuentes de consulta:

Bobbio, Norberto. El futuro de la democracia. FCE, Colombia 1992.
Bourdieu, Pierre. Sociología y cultura. Grijalbo, México 1990.
Buchanan, J. El cálculo del consenso. Plantea-Agostini, España 1993.
Habermas, Jürgen. Identidades nacionales y postnacionales. Rei, México 1993
- Ciencia y técnica como "ideología" . Rei, México 1993.
IFE. Apuntes de cultura democrática. Cuadernillos 2 y 3.
Lechner, N. "La reforma del estado y el problema de la conducción política"
en: Perfiles Latinoamericanos, No. 7, diciembre de 1995, Flacso-México.
- "Las transformaciones de la política", en: Revista Mexicana de sociología, No. 1, enero-marzo 1996, México.
Locke, John. Ensayo sobre el gobierno civil. Aguilar, Madrid 1990.
- Cartas sobre la tolerancia y otros escritos. Grijalbo, España 1975.
López, Pedro. México: dilemas de una transición a la democracia.
Pineda y otros. Filosfía de la cultura. UMSNH, México 1995.
Poulantzas, N. Poder político y clases sociales en el capitalismo.
Siglo XXI, México 1976.
Rousseau. El contrato Social. Altaya, Barcelona 1993.
Savater, Fernando. Política para Amador. Ariel, México 1993.

Notas:

1. Citado por el Instituto Federal Electoral (IFE) de México, en: El voto y la representación democrática. Apuntes de Cultura Democrática. No. 3.

2. Rousseau, Jean Jaques. El contrato social. Altaya, Barcelona 1993.

3. Para Pierre Bourdieu existen varios principios que operan en la generación de lo que bien podríamos llamar la opinión pública, estos son: primero, la competencia política, es decir, la referencia a una definición dominante respecto de la política, pero que disfraza un complejo sistema de fuerzas; segundo, el ethos de clase, esto es, un conjunto de valores interiorizados que sirven como fundamento de respuesta para diversos problemas; y tercero, el grado de compromiso e interés de los agentes sociales. Así: "En las situaciones reales, las opiniones son fuerzas y las relaciones de opiniones son conflictos de fuerza entre grupos". (Para abundar en el tema ver: Sociología y cultura, de Pierre Bourdieu. Grijalbo, México 1990)

4. Bobbio, Norberto. El futuro de la democracia. FCE, Colombia 1996. Sobre el mismo tópico, en otra parte del libro, nos dice Bobbio que "la apatía política de ninguna manera es un síntoma de crisis de un sistema democrático sino, como habitualmente se observa, un signo de su perfecta salud: es suficiente interpretar la apatía política no como un rechazo al sistema, sino como benevolente indiferencia."

* Dr. en Filosofía. Artículo enviado por Angelina UZÍN OLLEROS, angelinauzin@arnet.com.ar

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